De catiras y encargos
Cuenta el escritor Julio Llamazares que en una entrevista Camilo José Cela (todavía sin galardón nobelístico) le confesó, ante la pregunta sobre su aspiración como escritor por el Premio Nobel, que en verdad le gustaría más que el Nobel o que el premio Cervantes, que lo nombraran arzobispo de Manila para poder ir por la calle rodeado de un coro de monaguillos capones cantando en tagalo las alabanzas de Nuestro Señor. “Por supuesto—se apresuró en aclarar mi entrevistado— los monaguillos los caparía yo personalmente en el depósito de sementales en el que serví a la Patria”. Llamazares escribe que luego Don Camilo se extendió describiendo el sonido fofo que los testículos producían, después de cortados, al estrellarlos los
soldados contra el techo.
Esta bizarra y mínima historia proporciona algunos elementos sobre las características de un escritor desmesurado, iconoclasta y que en sus propias palabras aceptó un cargo burocrático durante el franquismo (nada más y nada menos como censor) para comer. Hoy Cela, muerto y certificado como clásico, es un mito con Cervantes y Nobel incorporado. Gustavo Guerrero con su ensayo “Historia de un encargo: La Catira de Camilo José Cela” lo trae de vuelta o más bien trae a Cela y una peculiar encomienda de la Dictadura de Marcos Pérez Jiménez.
Ratón de biblioteca como soy conocía alguna versión sobre el encargo e incluso había leído la indigesta novela en venezolano de Cela, pero desconocía todo el intríngulis de este encargo literario especial realizado por los incondicionales del dictador tratando de darle cierto barniz de legitimidad a un régimen sostenido con los palillos de dientes de la fuerza, la arbitrariedad y esa falsa idea del progreso como estigma de avance civilizatorio. El libro de Gustavo Guerrero arma todas las piezas de este encargo con toques de realismo mágico y ofrece una perspectiva, con una buena investigación de fondo, justa y equilibrada de un hecho curioso.
El plan inicial, como lo escribe Guerrero, estaba conformado por un conjunto de novelas cuyos títulos ya el tarifado autor español había vislumbrado, títulos pintorescos que buscaban lamer las botas del dictador y su sentido nacionalista: La flor del frailejón, novelas de los Andes, Oro cochano, la novela de Guayana, Las inquietudes de un negrito mundano, novela del Caribe, y una sobre el petróleo sin título. Gustavo Guerrero escribe: «Sabemos que, al final, este, ambicioso plan, que debía proyectar la imagen de Venezuela por toda Europa, no se realizará, ya que la polémica que suscitará la aparición de La catira en Venezuela, en 1955, pondrá término a la colaboración Cela con el gobierno del coronel Marcos Pérez Jiménez. Pero lo importante es que la idea del ciclo haya podido concebirse y expresarse en aquel momento y de aquella exacta forma, pues no hay que ser demasiado perspicaz para vislumbrar que el proyecto celiano es casi una réplica de la geografía narrativa de Rómulo Gallegos...» En la mente de los intelectuales, que eran incondicionales con el dictador o meros empleados del aparataje policial, Gallegos representaba todo aquello que era menester borrar ya que no se ajustaba a los nuevos horizontes que el dictador había trazado para el país.
Cuando se editó la novela de Cela la crítica enseguida la despedazó desde todo punto de vista. Guerrero realiza una pesquisa de hemeroteca para presentar un panorama sucinto del revuelo polémico que provocó La catira. Por supuesto que la novela con un tema llanero, al igual que Doña Bárbara, convierte a los personajes en simple muñecos sin dimensión y donde Cela funge como ventrílocuo y los hace hablar en un lenguaje venezolano que provoca risa y vaya un fragmento para comprobarlo:
«A Quí le vengo, patrón, pues, a traele nuevas de la catira Pipía Sánchez, güeno, que es damita muy jodía, patrón. y usté bien lo sabe ...
Don Filiberto Marqués ni aún miró para Clorindo López, la verdad por delante, tampoco tenía mucho que mirar. Tuerto y con dos dedos de menos, su pinta recordaba la del araguato. Hace ya muchos años de niños, don Filiberto Marqués le atapuzó una pedrada a Clorindo López y le saltó un ojo. En el juraco, Clorindo López llevaba una vendita negra, tiñosa y confitera, banquete y hartazón de jejenes. Los dedos se los había comido, aún mozo, una buba maligna.
-Miá, bicharango e el diablo, vagabundo, habla, pues, y no te arrimes, que jiedes a temiga e loco.
-Güeno, patrón, no me se ponga birriondo, pues, que la catira Pipía Sánchez me manda ecile que lo aguardia en la punta e el boquerón. Güeno, y que yo le vengo a ecile, patrón, que la niña ya anduvo jugándole cucambeo a su papá. sí, señó, güeno y que ya botó a la bestia toiticos sus corotos, patrón, eso es, güeno. sin dejá ni uno.
Don Filiberto Marqués se paró con parsimonia. Don Filiberto Marqués tenía él pelo colorao. igual que un torito orúo.
-Miá. mocho Clerindo. vale, píe a los santos que to vaya a salí con bien. Un marrón te he e da pa tóa la gente, vale. Yo no me muevo e el hato.»
La conclusión de Guerrero es pertinente: «El affaire de La catira es como un símbolo o una metáfora de esta parte de nuestra memoria cuyo desciframiento exige una mirada conjunta desde las dos orillas, ya que, de lo contrario, ni se entiende del todo ni nos deja entendernos a nosotros mismos, pues sigue formando parte de la historia que somos. Por ello, si algo habría que retener del fiasco de Cela, sin olvidar las responsabilidades del escritor gallego, es justamente lo que, en última instancia, el análisis pone al descubierto: la falacia comunitaria de la Hispanidad franquista».
Nuestro país nunca ha escapado a la locura metódica que se irradia desde el poder político. Locura despampanante que obsequia barcos refrigerados a países que no tienen mar, que convierte a barraganas en principescas primeras damas, a secretarias privadas en el poder omnívoro tras bastidores y así un enorme ramillete de etcéteras delirantes.
El otro filón de este aspecto es Cela escritor que a pesar de su trayectoria tan accidentada y nada pulcra obtuvo todos los premios y los reconocimientos. Cuando a Cela otros escritores le califican de censor franquista y pesetero de dictadores el esgrimía la ética y la dignidad como escudos. Conceptos extraños en un escritor que aceptó el encargo de un ditactatorzuelo para escribir una novela y borrar a otro escritor para quien la ética y la dignidad no eran meras palabras ni simples muletillas para campear el temporal, sino actitudes de vida para hacer frente a la humillación del individuo que se lleva a cabo desde el poder político, cuestión que Cela también supo, pero donde la ambición canalla fue más fuerte y seductora.
Capote a pesar de los ladridos
Uno de los libros de Truman Capote que recopila sus artículos periodísticos, crónicas y algunos de sus ensayos se titula “Los perros ladran” . En el prólogo explica como surgió el título. Al parecer se encontraba en Sicilia en plena primavera conversando con “un hombre muy viejo de rasgos mongólicos” que no era otro que André Gide. El cartero que pasaba por allí lo reconoció y le llevó la correspondecia. En una de las cartas venía el recorte de un periódico con una crítica que no favorecía en nada a Capote. Enseguida se molestó y comenzó a despotricar de los críticos o como él mismo escribió: “Tras oir mis quejas acerca del texto, y de la malsana naturaleza de los críticos en general, el gran maestro francés se encorvó, bajó los hombres como un viejo sabio…¿digamos buitre?, y dijo: ‘Bah. Recuerde el viejo proverbio árabe: Los perros ladran, pero la caravana avanza’.”
A pesar de su maestría estelística nunca fue considerado un autor destacado e importante y casi nunca se le incluyó en el ranking de los grandes de la literatura norteamericana. Quizá lo tuvieron como un autor subido en la noria de la feria de vanidades del mundillo intelectual, su vida tenía ese sabor inconfudible de show circence. Lo escrito por Rodrigo Fresán nivela cualquier conjetura al respecto: “Entre las muchas cosas terribles que le pueden suceder a un escritor hay dos particularmente espeluznantes y de las que —viaje de ida sin billete de vuelta— no hay recuperación posible: una es dejar de ser persona para convertirse en personaje de la propia obra; la otra es sentir que la propia vida es la mejor obra posible y que entonces ya no tiene mucho sentido seguir escribiendo. A Truman Capote le sucedieron esas dos cosas. Y después se murió”.
Capote terminó como personaje, pero la obra en la que actuaba no fue una comedia ligera, más bien fue una tragedia con fogonazos de humor mordaz. Quiso ser un escritor de fuelle, un creador de indiscutibles aportes, pero el personaje le fue ganando la batalla. Además después de escribir “A sangre fría”, su obra magna, algo se quebró dentro de él, algo en su ser más íntimo se rompió en muchos pedazos y ya no pudo unir las partes para acometer otra obra de evergadura. Al final las ganas de escribir fueron sustituidas por los vicios de siempre: alcohol, drogras, sexo, etc. Se convirtió poco a poco en un ser autodestructivo y depresivo, escribía por inercia y como buscando un respiro de tanta asfixia mundana.
Hay un hecho en su vida que parece clave. En una oportunidad el escritor japonés Yukio Mishima visitó Nueva York y Truman Capote compartió con él varias días con sus noches. Capote organizó una fiesta con Geishas genuinas y travestis de pronóstico reservado. Mishima estaba eufórico. A Capote le daba un poco de miedo y enseguida supo que era un ser peligriso para sí mismo y los demás. Capote vio en sus ojos una sombra de lo siniestro escribiendo su destino. Pero la sorpresa de Capote sería mayúscula cuando al despedirlo el escritor japonés le dijo: “Nosotros somos como almas gemelas, en el fondo, muy en el fondo somos iguales”. Aquellas palabras del escritor japonés le inquietaron y le sorprendieron. Capote se consideró siempre un niño terrible, pero apegado al hedonismo y a un amor desmedido por la vida y todos sus placeres.
Mishima se suicidó de la forma más sangrienta posible: Se hizo seppuku, que es algo así como un suicidio de honor que consiste en abrise el vientre, de izquierda a derecha con con una pequeña y filosa daga. Por su parte Capote un día de agosto del año 1984, llenó sus vísceras con güisqui y diferentes fármacos para esperar con lentitud esa luz límpida, quizá la misma luz que a su modo Mishima buscó siempre.
Para Capote escritor la escritura estuvo más cercana a la tortura y la autoflagelación. Siempre se quejó de la tiranía de la escritura. Las pocas páginas de lo que sería su última novela (“Plegarias atendidas”) fueron un suplicio. El Capote personaje gozaba con la fama del escritor, además su abierta homosexualidad, su personalidad desinhibida, su filosa lengua, su mordaz inteligencia y su disposición de terapista para escuchar con paciencia a cualquier alma desdichada le abrieron las puertas en todos lados. Sin mencionar que era un organizador de fiestas de estruendoso Glamour . Los ricos y famosos del cine se disputaban su compañía. Al Capote personaje todo ese mundo de oro real y sentimiento falso le subyugaba. En cambio para el escritor todos sus conocidos y amigos no eran más que seres irreales, criaturas vaporosas que el capturaba en su red de palabras. Sus semblanzas y retratos poseen la fuerza de un chisme aderezado con metáforas insuperables, esa fue sin duda su magia: dominar las palabras a tal punto de crear con ellas un visión del mundo mordaz, poético sin caer el patetismo ni en ese barroco malabarismo de la literatura tratando de escamotearlo todo.
A pesar de los ninguneos y de los ladridos es hoy un escritor es mayúscula, tuvo suficiente cabeza para crear páginas memorables y esta frase podría definirlo a la perfección: “Antes de negar con la cabeza, asegúrate de que la tienes”.

Carlos Yusti
Durante mis estudios de bachillerato ocurrió un fenómeno del cual me percato ahora en la distancia. En el salón las chicas poco agraciadas eran las aplicadas. Las bonitas, de piernas esbeltas, eran las rezagadas, pero iban a su aire contando con sus atributos. A las cerebritos uno las mantenía a distancia, aunque era necesario vincularse con ellas ya que podían ayudarte con la tarea o con un examen, a riesgo que lo otros compañeros se mofaran tildándolo a uno de Ultraman (aquel héroe televisivo made in Japan que luchaba siempre con monstruos espantosos).
Con las escritoras sucede que un buen número no alcanzan un siete en la clasificación de belleza, pero a la hora de enfrentarse con las palabras se requiere tenacidad, lectura e inteligencia antes que una cara bonita o un cuerpo para certamen de belleza.
La escritora brasileña, de origen ucraniano, Clarice Lispector siempre fracturó estos monolíticos parámetros machistas. Era en verdad bella y tenía una inteligencia creativa como pocas escritoras en Latinoamérica. Su talento era proporcional a su belleza, pero al mismo tiempo no estaba interesada en brillar como cuiama, o una viuda negra, de las letras. No tuvo interés en ser despiadada a fuerza de inteligencia y no quiso ser filosamente profunda al momento de emitir juicios en sus crónicas o en alguna entrevista. Asumió con desden frívolo y sarcástico esa actividad subalterna del oficio: entrevistas, congresos literarios, etc. Su fortaleza siempre estuvo a la hora de escribir. Ida Vitale anota: “Los perfiles literarios se prestan a la convencionalidad: tanto espacio, tal enfoque. Pero Clarice Lispector, inmune a la convención, la dinamita. En una entrevista de 1974 le preguntan de qué tiene miedo. ‘Creo que tengo miedo del futuro. Siempre he tenido miedo del futuro. Creo que voy a hacerme cortar el pelo, ¿qué le parece?’ ¿No es esto dinamitar no sólo una entrevista, sino la importancia que la fama le está otorgando?”.
Sus novelas y libros de relatos no son de lectura fácil. Buscaba darle un enfoque distinto al arte de escribir novelas o como ella lo postuló: “Ya sé qué es lo que se llama verdadera novela. Sin embargo, al leerla, con sus tramas de hechos y descripciones, sólo me aburre. Y no escribo la clásica novela. Sin embargo es novela realmente. Sólo que lo que me guía al escribirla es siempre un sentido de búsqueda y descubrimiento.” Toda su obra entrelíneas en una reflexión sobre las posibilidades del lenguaje, especie de torturante tanteo en la oscuridad de la mínima fulguración de las palabras: “Estoy absolutamente cansada de la literatura; sólo la mudez me hace compañía. Si todavía escribo, es porque no tengo nada más que hacer en el mundo mientras espero la muerte. La búsqueda de la palabra en la oscuridad”.
Leí de adolescente su libro de cuentos “La legión extranjera” y su novela “La pasión según G.H.”, fueron un aprendizaje de equilibrada e inmejorable literatura. Luego la miré en unas fotos y el hechizo fue completo. Tenía porte de actriz y una sofisticación glamorosa acorde con su rostro cincelado con delicadeza de paisaje pujante de verdor y flores.
Se ha editado "Descubrimientos"(2010), crónicas (1967-1973), el libro recopila textos que Lispector escribió para ratificar su condición de escritora. Claudia Solans en el prólogo del libro escribe: “Textos heterogéneos, muchas veces inclasificables e inesperados, que revelan en cada línea la compleja escritura y personalidad de su autora”.
En el libro está una crónica, “La entrevista alegre”, sobre una entrevista que concedió “para ser publicada en uno de los libros de la serie Libro de cabecera de la mujer”. Con soterrada ironía realiza un texto con dos personajes: la joven de nombre Cristina que la entrevista y ella. El tono de simpatía antipática que destila entrelíneas es de una sutileza feroz: “Sus preguntas eran inteligentes y complicadas, casi todas sobre literatura. Dije: pero pensé que lo que le interesaría a la mujer de clase media sería si me gusta comer porotos con arroz”. En otro aparte escribe: “La entrevista comenzó con buen humor. Reímos varias veces. Una de las veces fue cuando preguntó qué pensaba yo de lo que había escrito el crítico Fausto Cunha. Había escrito –yo no lo sabía— que Guimarães Rosa y yo no pasábamos de ser dos embustes. Di una carcajada hasta feliz. Respondí: no leí eso, pero una cosa es cierta: embustes no somos. Podían llamarnos de cualquier forma, pero embustes no. Vamos, Fausto Cunha. Usted, al que conocí en el casamiento de Marly de Oliveira, es incluso simpático, pero qué idea. Vea si piensa un poco más en el asunto. Creo que Guimarães Rosa también reiría”. Lispector dice vengarse al relatar los entretelones de la entrevista y hay un fragmento que resulta clave: “Cristina me dijo: ‘El crimen no compensa. ¿La literatura compensa?’. De ninguna manera. Escribir es uno de los modos de fracasar. Cristina se sorprendió, me preguntó por qué escribía entonces. Y no supe qué responder”.
Hay un excelso ensayo de Ledo Ivo, “Clarice Lispector o la travesía de la infelicidad”, que explora, en un recorrido rasante, el escenario vital de la escritora y de su arribo a ese puerto gris del fracaso como creadora literaria. Lo primero que verifica el poeta es sobre su estampa: “…surgió ante mí como un aparición deslumbrante, y entendí que, con su belleza, la cual poseía algo de aristocrático, en contraste con la extrema humildad de sus orígenes, ella debía crear su obra desde el corazón salvaje de la vida, …” El poeta recurre a Stendhal para desentrañar un poco el drama de la escritora: “ ‘La belleza es una promesa de felicidad’– pájaro herido, Clarice Lispector desmintió, en su vida, ese aforismo de Stendhal”.
La publicación de su primer libro “Cerca del corazón salvaje” fue toda una odisea. Los críticos, que leyeron los originales, recomendaron a las editoriales no publicar el libro. A Lispector no le quedó otra opción que aceptar la propuesta de una editorial incipiente. Ledo Ivo escribe que “separada de su marido diplomático, regresó a vivir a Río y, en un ejercicio de supervivencia y afirmación literaria, regresó a la antigua profesión del periodismo(…) A cambio de magras remuneraciones, distribuía sus escritos en diversos periódicos y revistas. Durante un tiempo fue una cronista del Diario de Brasil, al que renunció, sumaria e implacablemente, alegando que sus crónicas no tenían lectores”.
Una noche se quedó dormida y por accidente un cigarrillo entre sus dedos desató un incendio que laceró parte de su cuerpo. Todo esto se fue sumando a su naufragio. Ledo Ivo acota: “La otrora bella y deslumbrante Clarice Lispector atravesó su infierno astral. Descendió de su pedestal de princesa de nuestras letras para convertirse en una simple y necesitada pasante, en un mundo cruel e implacable, viviendo escenas de ironía y humillación. Vestida con ropas provenientes de su viaje por el mundo diplomático, que le conferían un aire inusual y extranjero, como fuera de estación, Clarice Lispector vivió el proceso de su destrucción e infelicidad”.
Uno que anda de jorobado de Notre Dame por la vida percibe ese sitial preponderante que ocupa la belleza en la existencia, pero una belleza cosmética, artificial y que nada tiene que ver con la belleza en el sentido platónico. El diálogo “Fedro” concluye con una plegaria de Sócrates al Dios Pan, pidiendo que le conceda llegar a ser bello por dentro. Lo que pide Sócrates es esa belleza perdurable en contraposición de esa otra fútil y efímera del exterior. Esa belleza interior que permite no sólo obrar con rectitud y justicia, sino que proporciona un perfil de nuestra interioridad, de esa sabiduría interior que sitúa al individuo por encima de esas pasiones confusas (a veces triviales) que a todos parecen acosarnos.
Clarice Lispector no supo responder por qué escribía debido, quizá, a que jamás se planteó la escritura como un trabajo, como manera de alcanzar el éxito, sino como una posibilidad de encontrar el espejo de esa belleza interior más perdurable y de más largo aliento a través del tiempo.
Escribir obviedades, con bisuterías orientalistas, como Paulo Coelho y ser éxito de ventas es también una manera de fracasar. Sin duda que en un futuro cercano nadie leerá a Coelho, pero a Clarise Lispector se le continuará leyendo porque su escritura es imprescindible. Además ella lo escribió con acertado genio: “Todo lo que aquí escribo está forjado en mi silencio y en la penumbra. Veo poco, casi nada oigo. Me sumerjo por fin en mí hasta la matriz del espíritu que me habita. Mi fuente es oscura. Estoy escribiendo porque no sé qué hacer de mí. Es decir: no sé qué hacer con mi espíritu. El cuerpo informa mucho”.

Carlos Yusti
Mi amigo Pedro Téllez, bibliófilo, siquiatra y escritor, aparte de arriesgado explorador de baratas y remates de libros, tuvo la amabilidad de dibujarme un mapa de esos lugares en los cuales los libros, luego de pasar por muchos ojos y manos, se amontonan como desangelada mercancía a precios irrisorios. Con dicho mapa descubrí los remates de libros más insólitos e inesperados, los cuales eran conocidos por un selecto grupo de lectores. En uno de ellos descubrí el libro de aforismos de Georg Christoph Lichtenberg.
En el esplendido prólogo escrito por Juan Villoro este cuenta su afición por las tormentas eléctricas lo que lo llevó a convertirse en todo un experto con respecto a los pararrayos. Villoro escribe que Lichtenberg se dedicaba días y semanas enteros estudiando planos de ciudades, edificios y espacios urbanos. Esta afición por el estudio, esta concentración puntillosa por determinado tema es uno de los rasgos característicos de una personalidad intelectual fuera de serie. El interés de Lichtenberg fue siempre en varias direcciones al mismo tiempo. Le atraían la moda, las matemáticas, la física, la química, los sueños, la literatura, la filosofía, daba clases en la universidad y además redactaba el "Almanaque de bolsillo de Gotinga" en el que mezcló temas frívolos con los tópicos de última momento en ciencia, filosofía y literatura. Cuando murió su casero encontró en su habitación una buena porción de cuadernillos, de esos que utilizaban los tenderos y comerciantes para llevar los saldos de las ventas. En ellos anotaba sus observaciones, sus ocurrencias y sus pensamientos siempre el filo de la extravagancia y el asombro. Al hermano del singular personaje y a uno de sus alumnos correspondió la tarea de organizar las anotaciones que le darían fama como pensador, filósofo y escritor. Bastante acertada la observación de Villoro: "Los cuadernos arrojaban los saldos de una mente", y vaya mente.
Así como un autor te lleva a otro un siquiatra puede llevarte al manicomio o a otro siquiatra. Leí, mucho tiempo después, un excelente ensayo del también escritor, humanista y médico en la clínica siquiátrica donde estuvo recluido el celebre Antonin Artaud, el Doctor José Solanes, quien indaga sobre esa extraña coincidencia (o conexión) del ingenio de Lichtenberg con un personaje de Rómulo Gallegos. El aforismo «El cuchillo sin hoja, al que le falta el mango» sirve a Solanes como pista para recordar al personaje de Doña Bárbara, Pajarote cuando busca trabajo como peón. Le dan trabajo con caballo incluido sin él se consigue el apero, es decir todas las herramientas ecuestres. A lo que el personaje responde: «Yo tengo apero, me falta el arricés, el guardabastos se me perdió, el fuste me lo robaron y la coraza no sé que se me hizo, pero me queda el sufridor». Todo esto le permite escribir a Solanes sobre nuestra condición de seres pensantes a pesar de las distancias y que pensar es tan natural como llover o como él escribe: «En una cierta aunque inadvertida intemperie estamos viviendo en la que resulta posible observar como en mi está pensando del modo que se observa como en la ciudad está lloviendo».
Otro texto del poeta y sin igual ensayista Eugenio Montejo de nuevo enlaza al pensador de Gotinga con nuestro país. En el texto Montejo escribe sobre Solanes, recorre la suerte de los aforismos y aporta algunos datos sobre Lichtenberg y por supuesto también cita a Villoro, no obstante su texto centra su atención en la afición del filosofo de fumar en pipa y su pequeña anotación: «Nada mejor que una taza de café y una pipa de Varinas». Montejo escribe: «Desde la soleada llanura venezolana hasta Gotinga era trasportado el tabaco cuya picadura hacia las delicias del impar meditador alemán».
Lichtenberg nunca estuvo interesado en elaborar un majestuoso sistema filosófico, tampoco se preocupó en escribir gruesos tomos para ocupar un anaquel en la posteridad. Su observaciones y pensamientos curiosos los escribió para su propio deleite. Su curiosidad por el saber y la ciencia lo empujó siempre por los caminos menos trillados del conocimiento y no por nada su casa era sitio obligado de peregrinaje de la mentes privilegiadas de su tiempo como Kant, Humboldt, Goethe. Fue un precursor de los ismos conocidos en filosofía y literatura, pero por sobre está su fino y delicado humor que saltan como chispas vivas desde sus aforismos:
El amor es ciego, pero el matrimonio le restaura la vista.
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Sí, las monjas no sólo tienen un estricto voto de castidad sino también fuertes rejas en sus ventanas.
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Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo del cuarto botón del chaleco.
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Por más que se predique las iglesias siguen necesitando pararrayos.
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Está bien que los jóvenes enfermen de poesía en ciertos años, pero por el amor de Dios, hay que impedir que la contagien.
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Siempre he visto que la ambición voraz y la desconfianza van juntas.
En el año 1795 la biblioteca de Gotinga entrenó un pararrayos diseñado por Lichtenberg, lo que le produjo gran satisfacción y uno puede imaginarlo al momento en el que se desataba una tormenta. Verlo como quizá se apresuraba, tratando de sostener su sombrero a pesar del viento, para ubicarse en un área cercana a la espera que algún relámpago probara la efectividad de su creación.
Sus aforismos en el fondo son sutiles, finos y exquisitos pararrayos contra esos rayos de la estupidez y el desamor por el estudio o la insensibilidad hacia la sabiduría que campea hoy más que nunca en todos los estratos de nuestra vida.
La primera impresión que se tiene al leer las crónicas de Leopoldo Villalobos es que este curtido periodista, se tutea con los temas con exacto malabarismo literario y algunos arcaísmos, herencia de la vieja escuela del escribir bien; prosa muchas veces austera que va a lo suyo con enorme pericia y una buena proporción de cultura/lectura. A uno le suele faltar, en el escrito apremiante del día, esa despreocupada preocupación que se le nota a Leopoldo Villalobos en sus escritos. Su actitud ante el quehacer de escritura posee un componente comunicacional subrayado de cordialidad, sabiduría y vitalidad.
Leopoldo Villalobos nació en Guasipati. Ya ha pasado muchos linderos tanto en edad como literarios. Se graduó como periodista en la Universidad Central. Ha dirigido revistas y publicaciones de todo tipo. Escritor asiduo de crónicas y ensayos con los temas culturales más disímiles. Se ha ganado algunos premios por su incansable labor periodística. Lo he visto risueño y juvenil, en una foto, al lado de Rómulo Gallegos. Leopoldo es un periodista singular que asume la pluralidad de la escritura y reparte en periódicos, o revistas, su sabiduría de lector insomne. Es más un ratón de biblioteca que un estilista. No obstante su vitalidad robusta, su humildad y su disposición para encarar la escritura lo convierten en un hombre digno de admirar.
Aparte de escribir la columna y la crónica histórica escribe Leopoldo Villalobos uno poemas extensos y nerudianos, con algunas manchas de café y Rubén Darío. No son poemas con experimentaciones lingüísticas. Para Leopoldo la esencia de la poesía radica en el empleo de un lenguaje sencillo y accesible o como él mismo me lo ha dicho: "Por allí andan muchos poetas, los poetas se dan aquí como la verdolaga. Por allí andan escribiendo una poesía hermética, críptica que ni ellos mismos entienden. Todavía no se enteran que la trascendencia de un poema radica en la lectura que realizan los demás. No es por azar que la poesía de Neruda, Aquiles Nazoa y Andrés Eloy Blanco, hecha con ese lenguaje sencillo que todo el mundo comprende, todavía está vigente." Todo esto lo expresa Leopoldo entre solemne y divertido.
Otra de las cualidades de Leopoldo es su sentido del humor combinado con su equidad a la hora de los repudios y los elogios literarios. Sabe mantenerse al margen del cotilleo y de la hablilla malsana. Umbral ha escrito que entre escritores mayoritarios y minoritarios se han despreciado siempre mutuamente. Leopoldo no siente reconcomio por los otros escritores. Nunca le he escuchado un comentario insidioso sobre nadie.
En días pasados hemos estado realizando unas tertulias en las comunidades, presentando el libro "Las más bellas cartas de amor entre Manuela y Simón". Ana María Marín, quien organiza con la gente esta actividad, me ha dicho que Leopoldo relata la relación entre Bolívar y Manuela con tanta familiaridad, y tanto conocimiento, que parece que Leopoldo hubiese estado junto a ellos. En la presentación del libro yo, por supuesto, hago gala de mi ignorancia histórica y de mi iconoclastía hacia los héroes de la oficialidad con estatuas y todo. Leopoldo, por su parte, deja en claro su sentido común y su conocimiento perfumado y metafórico de los hechos históricos.
A pesar de estar algo equidistantes, en cuanto a la edad, a Leopoldo y a mí nos une ese sentido antiacadémico que tenemos de percibir la historia, nos entrelaza más que la amistad la vehemencia por el saber, por la literatura leída y vivida; nos vincula, en definitiva, el tener como última trinchera la escritura. Qué le vamos a hacer. La literatura es un espacio de interrelaciones donde todo se traspapela, donde todo se vuelve un texto legible que escribimos y donde quizás también nos escriben.
Leopoldo ha elogiado mi librito sobre Pocaterra. Al parecer le gusta el estilo escueto, duro y desmelenado del libro. Yo por mi parte elogio sus crónicas y sus ensayos porque carecen de estilo, pero están plenas de datos, ponderación, sabiduría, sentido común, lucidez y mucha lectura más allá de las solapas. En los pocos años que tengo tratándolo ha despertado en mí el interés por la historia, más como sistema que como anecdotario y compendio de fechas. La historia como un prontuario de activismo público vivo y no como dato agobiante con héroes aceptizados y muchos vuelvan caras. Además, me ha trasmitido su pasión por la escritura como ejercicio permanente. La escritura como catarsis diaria sin reglas, ni patrones ni pruritos. Me contó que en una oportunidad escribía cuatro artículos distintos para diferentes diarios.
En otra ocasión Leopoldo me comentó que prepara una crónica sobre el San Félix de los años treinta, tiene semanas investigando acerca del tema. Esta metodología de Leopoldo, esa meticulosidad para acercarse (y acercarnos) a la historia lo distingue de una buena porción de improvisados historiadores que pululan en demasiado por estos parajes de hojalata y vidrio bruñido.
Leopoldo Villalobos es un viejo dinosaurio. Tiene la piel curtida de gramática e historia. Tiene el corazón blando de poesía mala y cristalina. El alma atestada de buenos sentimientos, muchos libros, conversación y sueños. Pertenece a ese viejo periodismo lleno de pulcritud (sin erratas políticas ni sintácticas), imparcialidad, objetividad y cultura. Es un viejo profesor (sin achaques por suerte) y gran promotor de la historia fluvial, amena, doméstica y eterna. Es un sabio parco y solitario que se pasea por los anaqueles de la historia fichando en sus apuntes los hechos menos manoseados por los académicos. Las crónicas de Leopoldo tienen calidad de página.
El tiempo nos pasa factura a todos. A Leopoldo, sin embargo, le ha dejado de quince años su afición por los libros y la historia. El otro día me lo dijo: "Hay que leer de todo sin prejuicio alguno" Actitud de mozallón, lozana y fresca. Mis respetos.
Los buenos ensayistas son escasos quizá por las exigencias nada exigentes del género. Son pocos los ensayistas que se preocupan por el denso arte de escribir y que hacen como ese personaje ficticio de Cortázar, Johnny Carter, un jazzista de saxo que se traspapela con el Charlie Parker real, quien durante un ensayo de repente deja de tocar y rabioso dice: "Esto lo estoy tocando mañana". El buen ensayista trata de ser un individuo que escribe mañana y entonces se vuelve un lío.
El ensayo tiene contados cultivadores, poquísimos adeptos (y ni se diga adictos). Sin mencionar que el ensayista es considerado como un escritor aplazado al cual no se le toma con alguna pizca de seriedad en el ambiente literario. Por lo general se le subestima y se le relega, o se le ficha, como escritor en segunda potencia: escritor que escribe de todo sin ser maestro en nada. De todos modos el género, inventado por Montaigne y que Francis Bacon retoma con inigualable maestría, tiene hoy enorme maleabilidad y gracias a ello se arguye (a manera de sorna claro) que sólo se dedican al ensayismo (no confundir con escapismo) esos escritores sin fibra musical para la poesía, carentes de convulsiones imaginativas para la novela o el cuento, o sea, los ensayistas se le juzga en su condición de parias de la literatura.
Escribir buenos ensayos, con calidad de página como escribiera Umbral, es un poco hacerle frente a ese estrépito de rumores transeúntes, malentendidos de barra y hablillas de café. En Valencia se ha dado un fenómeno poco frecuente: el ensayo como tributo de inspiración, cotilleo, erudición y cosa. Todo mezclado en un cóctel que intenta limpiar al género de cierta profesoral y hemorroidal pesadez, de quitarle esa broza de tanto acartonamiento libresco, de tanta erudición casposa y retomarlo desde la pasión para empacar (sin prejuicio) la vida leída y vivida en pocas páginas dándole un chance volátil a la fantasía literaria que la realidad escribe con soltura y desenfadado absurdo.
Maricadas al margen el ensayista se inventa la realidad a partir de sus lecturas, sus fobias, sus odios, sus amores y con todo esa bisutería existencial trata de convertir en metal precioso la hojalata de las palabras. José Carlos De Nóbrega es un buen ensayista y su libro Derivando a Valencia a la deriva viene a confirmar un rumor: el ensayo respira en Valencia aires distintos.
José Carlos De Nóbrega se ha curtido con el thriller del bar y de la calle, busca las mariposas amarillas que trae la realidad en el concierto chinesco de la noche, viene de muchas lecturas, de tutearse con la palabra escrita en la música y en los libros. Con un humor desclasado va pinchando la piel sensible de la Valencia, de san Desiderio, va desordenando con humor el boato de una ciudad goda y retraída, casi hasta el autismo, en el sonoro timbre de los apellidos.
Para De Nóbrega los grandes temas de la literatura y los temas subalternos de la vida (o viceversa) tienen su espacio en sus ensayos. Le imprime a cualquier tema frescura y como gran equilibrista cruza la soga del bostezo con un estilo que no cansa. Además le sobra ironía lapidaria para zanjar cuestiones tan peliagudas como el acontecer literario de la ciudad con sus villanos, héroes y rastreros de rigor. El libro Derivando a Valencia a la deriva se inicia con el texto: "Valencia o de la encrucijada del odio". Sin tomar en cuenta el título telenovelesco el ensayo salda algunas cuentas con la literatura en Valencia, la cual, parafraseando a Bolaño, se podría decir que es una ciudad en la cual hasta los escritores pésimos saben escribir. Aunque De Nóbrega suelta perlas como esta: "Debajo de la abúlica calma chicha y provinciana de Valencia del Rey, zaherida tercamente por políticos mezquinos, urbanistas perversos, mercachifles peseteros y ciudadanos indolentes, fluye intermitentemente, ora con mesura, ora incontinente, pero sin piroctenia ni estruendosos aplausos, la corriente que escribe a la ciudad día tras día".
Los ensayos del libro son variados y se pasean por distintos temas como la revista Poesía, el taller poético, alguna que otra reseña de libros y autores circunscritos en las alambradas de ese Macondo industrial que es Valencia. Hay un ensayo que da cuenta sobre el oficio de ensayista: "Carta de un ensayista a los alumnos del Segundo de Ciencias C". En dicha carta De Nóbrega hace una declaración de principios sobre el género, la política y la literatura sin prurito alguno. El ensayo, algo abstemio para mi gusto, apunta esencialmente a dejar inquietudes abiertas. Nada de consejos pavosos ni monserga clientelar y sí digresión desprejuiciada sobre esos temas de siempre.
"Esto lo estoy escribiendo mañana" se dice uno para celebrar la buena escritura de los amigos. Uno como escritor se va diseñando para mañana aunque a uno lo tengan por insufrible, egoísta, socarrón y degustador del vino. También como ensayista uno va diseñando su estilo con las fórmulas aprendidas e inventando algunos trucos nuevos. José Carlos De Nóbrega va confeccionando su forma particular de escribir ensayos dejando las filigranas barrocas para los puristas del género y los profesores de medio pelo que los escriben interesados en los escalafones de asenso curricular.
Un libro de ensayos tendría que ser algo así como un suburbio en la cual los sucesos sorprendentes se den la mano con la reseda de lo cotidiano, dejando notar las costuras de la lectura. El ensayo es una cuestión de modales más que de estilo y José Carlos De Nóbrega tiene estilo y malos modales, cuando escribe, o debería decir cuando escribe mañana, se entiende.
"Es difícil que en el mundo haya mercancía más singular que los libros. Son impresos, vendidos, encuadernados, reseñados y a veces hasta escritos por gente que no los entiende".
Lichtenberg.
Un amigo poeta (además gran lector) me comentó que no existían libros difíciles, sino lectores difíciles. No obstante, hay libros que uno como lector voraz no ha podido pasar de ese lindero de la primera página. Las razones nunca son claras, pero lo extraño es que en el estante de muchas bibliotecas (de conocidos y amigos) debería existir un tramo en exclusiva para "Libros difíciles de leer".
Lo raro y patético es que el libro difícil viene precedido por el barniz de clásico imprescindible y por una fama cimentada por eruditos; además es infaltable en la lista de libros que cualquiera debería llevar a una isla desierta, a veces forma parte del canon particular de un escritor famoso. Otra característica del libro difícil es que su autor es un paradigma de la literatura universal. No haber leído determinado libro difícil, si uno se pretende escritor, es pasar por un ignorante con ínfulas.
Si se busca un ejemplo de libro fácil, en contraposición del libro difícil, los éxito de ventas (Best-Sellers) son la cantera principal. También tenemos las novelas rosa y en la que Corin Tellado es la madre superiora indiscutible. Entre los fáciles, escritos con buenos quilates de literatura, están los libros de Verne, los de Alejandro Dumas o Charles Dickens. Algunas novelas de Gabriel García Márquez, todo Paulo Coelho y un gran grueso de esa literatura de autoayuda que en verdad a quienes ayuda es a sus autores. Entre los difíciles se pueden mencionar el "Ulises" de Joyce, "Paradiso" de Lezama Lima, "El Quijote", "País Portátil" de Adriano Gonzáles León, "Larva" de Julián Ríos, "El hombre sin atributos" de Musil, "Abralapalabra" de Luis Brito García, "Pedro Páramo" de Rulfo, "La Divina Comedia" de Dante, "Rayuela" de Cortázar, ágape se paga de William Gaddis y hay muchos más según lectores existen.
En mi paseo habitual por la Internet encontré un conjunto de escritores y escritoras que hacen un recuento de ese libro que no han podido leer. Algunos se van por el margen y otros más honestos confiesan su impericia lectora con algún libro. Me agradó la respuesta de Miriam Marinoni: "Confieso no haber podido leer nunca completico el Ulises de James Joyce. El mentado libro, famosísimo por cierto, me ha hecho sentir acéfala, por no decir idiota, en más de una oportunidad. Terminé confinándolo en algún estante oscuro y alto de los anaqueles de mi biblioteca para ni siquiera verlo, pues su sola presencia me daba escalofríos esquizoides y debía repetirme varias veces: no eres estúpida, tranquila, tu coeficiente mental es de lo más normalito".
Paulo Coelho es de la teoría que la culpa es del autor que en su pretensión de agradar a los críticos y demostrarles que es capaz de escribir bien y en profundo termina equivocándose. A la sazón trae a colación algunos ejemplos y Coelho escribe: "Susanna Tamaro había obtenido un inmenso reconocimiento del público (y una avalancha de ataques de la crítica) con Adonde el corazón te lleve. Su siguiente libro, Anima mundi, muy esperado por sus lectores, sustituyó la poesía sencilla y maravillosa del título anterior por una complejidad que le hizo perder a sus lectores fieles, y que tampoco logró agradar a los críticos".
Por supuesto, el Ulises de James Joyce es el ejemplo ideal de Coelho para reafirmar su tesis y en su libro "Zahir" deja de lado su bisutería espiritual para hacer un comentario irónico y despectivo: "Es un absurdo que Ulises jamás sea reeditado, ya que todos los escritores lo citan como obra maestra; tal vez sea la estupidez de los editores, dejando pasar la oportunidad de ganar mucho dinero con un libro que todo el mundo leyó y a todo el mundo gustó".
En lo personal hay libros que me han resultado cautivantes como las novelas de Samuel Becket "Molloy", "Malone muere" y "El Innombrable", no precisamente fáciles de roer. También fueron para mi un paseo estival "Gargantúa y Pantagruel" y ni hablar de "Paradiso". Lo que sucede es que no son novelas convencionales, emplean muchos recursos estilísticos para convertir la literatura en una inigualable fiesta del lenguaje y la imaginación. Por supuesto, existen libros que por inexplicables circunstancias se convierten en obstáculos insalvables. A pesar de ello, me parece absurdo recriminarle a determinado autor su trabajo complejo con las palabras. Willian Gaddis, un autor calificado de ilegible, lo que no impidió que se convirtiera en autor premiado y de culto, expresó en una entrevista que si el trabajo no le resultaba difícil sin duda hubiese muerto de aburrimiento.
Los libros complejos en su fondo y forma esconden entre sus páginas el trabajo implacable con las palabras. Cuenta Cortázar que escribir "Rayuela" le resultó una experiencia casi demencial, se adentraba tanto en la escritura que pasaba hasta 16 horas sentado a la máquina de escribir y su esposa era quien lo rescataba de aquel delirio creativo. Un buen libro es dejarse la vida a cada frase, a cada párrafo por respeto a los lectores y a la literatura.
Tenía un amigo que no comprendía mis textos, al parecer le resultaban rebuscados y un tanto enrevesados para él que no era un lector de larga distancia. Ante sus reproches me sentía culpable por no ser un Andrés Eloy Blanco del ensayo. El mejor argumento con respecto al libro difícil lo expresó el escritor António Lobo Antunes en una entrevista: "...leí Pedro Páramo cuando tenía 20 años y no entendí nada, a los 30 lo leí otra vez y tampoco entendí nada, después compré una edición crítica, y es que no entendía que todos estaban muertos y no tenía ningún sentido. No hay libros difíciles: hay lectores estúpidos, y yo fui un lector estúpido de Rulfo. Ahora lo entiendo y es una maravilla".
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Datos personales
- Arteliteral
- Carlos Yusti (Valencia-Venezuela, 1959). Es pintor y escritor. Cofundador del grupo Literario Los Animales Krakers y de la revista Zikeh. Su última exposición conceptual fue La Tapa del Frasco, revista-objeto, 2015. Ha publicado Pocaterra y su mundo (Ediciones de la Secretaría de Cultura de Carabobo, 1991); Vírgenes necias (Fondo Editorial Predios, 1994), De ciertos peces voladores (1997). Dentro de la metáfora: absurdos y paradojas del universo literario (2007); Para evocar el olvido y otros ensayos inoportunos (Ediciones del Perro y la Rana, 2007) y Poéticas del ojo (editado por El perro y la rana, 2012) que reúne sus textos sobre arte. “A la brevedad posible” (Libro-objeto, ensayos-2015. 80 ejemplares numerados). “Cartografía del tahúr solitario”, (libro-objeto que consiste en 40 cartas de baraja. Ensayos/2016. 150 libros numerados) En 1996 obtuvo el Premio de Ensayo de la Casa de Cultura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Cuaderno de Argonauta. En el 2006 ganó la IV Bienal de Literatura “Antonio Arráiz”, en la categoría Crónica, por su libro Los sapos son príncipes y otras crónicas de ocasión.
Libro
Editado por El Perro y la Rana
Con la tecnología de Blogger.
Libro
Ediciones del Fondo Editorial del Caribe
Carlos Yusti
Dibujo de Monset Mosillo




